Iba a descender del auto cuando un rayo de luz le dió en pleno rostro. El mirar su proveniencia fue casi un reflejo, era de noche y eso hizo aumentar más su interés.
De no ser porque conocía su estado de semiebriedad, el haz de luz que salía de un pequeño orificio en el techo de su coche le habría parecido un sueño.
—Estoy más borracho de lo que pensaba– Se dijo a sí mismo.
Bajó del vehículo y caminó hasta la puerta de su casa, tardando tres veces más de lo habitual. Entró, se arrojó en el sofá del living y se durmió de inmediato.
Al medio día Oliver lo despertó. Tenía la boca pastosa, olía a whisky, a noche. Fue a bañarse. Luego preparó unos cafés para recuperar su estado habitual. Las risas de la noche anterior resonaban aún en su cabeza.
De pronto la figura de Melisa surcó su mente y recordó que había acordado pasar por su casa al atardecer. Miró el reloj y observó que las horas habían avanzado más de lo que él creía. Debía apurarse pues su casa distaba al menos de una hora de viaje del Centro. Todavía no podía entender cómo había hecho ese recorrido la noche anterior. Se vistió rápidamente y se encaminó al automóvil. Al entrar en él, recordó aquel agujero en el techo. No sabía precisar si lo había soñado por lo vivido del recuerdo. Casi con temor alzó la vista y vió nuevamente el orificio, no tenía más de una pulgada de diámetro, y a través de él se podían ver las estrellas.
—Las estrellas! – Pensó – Cómo puede ser posible si apenas son las tres de la tarde?
Miró una y otra vez a través del pequeño agujero y del vidrio delantero del auto lo cual resaltó aún más el contraste.
Sin pensarlo salió del coche, subió al capot de un salto y desde allí observó a través del agujero. Sus ojos alcanzaron a ver la caja de cambios del auto.
Medio obnubilado descendió y volvió a entrar en él. Volvió nuevamente su vista hacia arriba y pudo ver las estrellas a través de aquel maldito orificio.
—Quién habrá sido el que hizo esto? –La respuesta no cabía en su mente. Tomó un pañuelo y lo colocó a través del agujero. Sacó la cabeza por la ventanilla delantera y observó cómo sobresalían mitades exactas del mismo hacia ambos lados del techo.
Realizó este tipo de operaciones con diversos objetos por espacio de media hora sin que su mente hubiera engendrado ninguna respuesta.
Con determinación, casi con furia, entró a su casa, tomó un martillo y con éste agrandó el agujero casi diez centímetros. Entró en el auto y contempló pasmado cómo aún se podían observar las estrellas.
Siguió martillando ahora desde adentro hasta que pudo sacar la cabeza a través de él. Estaba totalmente obscuro, el cielo estrellado. Miró hacia abajo y vio su auto. Volteó su cabeza hacia ambos lados y comprobó que su casa no estaba, en su lugar había una arboleda, y a lo lejos se veían las luces de la ciudad.
No podía comprender lo que veía, bajó la cabeza y se encontró en su auto, era de día, miró a los lados, todo estaba como siempre. Entró a la casa, buscó su revolver y llamó a Oliver. Tenía pensado penetrar por aquel agujero para investigar lo que ocurría. Al llegar al auto comprobó que el orificio apenas pasaba del centímetro de diámetro. A duros golpes abrió nuevamente uno de medio metro. Pasó a través de él, Oliver lo siguió. Se encontró parado sobre el techo de su coche en el medio del campo, había árboles a su derecha y la ciudad muy iluminada a lo lejos. Un silencio estremecedor lo rodeaba, de pronto su perro se erizó y tras emitir una serie de ladridos voló de un salto al medio de los árboles.
—Oliver... Oliver...–Buscó a su perro sin éxito durante aproximadamente una hora en ese bosque surrealista bañado por la luz de la luna a las cuatro de la tarde.
Éste se había ido.
Bajó por aquel perverso agujero con lágrimas en los ojos y entró a la casa. Cuando se disponía a guardar el arma Oliver comenzó a saltar a su alrededor jadeante.
—Oliver, ¿dónde estabas?
Lo tomó en sus brazos, su rostro reflejaba alegría.
—Gracias al cielo Oliver... ¿Qué?... ¿Qué te está pasando?... Oliver... – el perro temblaba agonizante, tenía la lengua amarillenta. A los pocos minutos era una masa amorfa, sus ojos secos producían un hundimiento marcado de los párpados que le daban un aspecto espectral.
—Ayer a la noche, con la borrachera debo haber volcado veneno en su comida. – Pensó. Había muchas hormigas en su jardín últimamente.
Perder a su perro por segunda vez fue otro golpe terrible, no sabía qué hacer, se sentía atraído por ese misterio, pero algo extraño que germinaba en su interior, le decía que ir a investigar no era lo más apropiado.
Estaba desconcertado cuando de pronto, recordó a Melisa.
—Dios mío –Exclamó exaltado– ¡Son las seis y media! – Diciendo esto salió corriendo. – Tomaré un colectivo, no puedo ir con el auto en estas condiciones.
Al pasar cerca del coche observó intrigado que el techo del vehículo estaba como la primera vez, y el agujero pequeño continuaba misterioso y diabólico como la noche anterior. Totalmente confundido pasó sus manos por el techo y sus dedos no tocaron el menor rasguño, sólo esa diminuta hendidura. Casi automáticamente entró en el auto dispuesto a encontrar cualquier cosa, miró al techo pensando que ya nada podía llamar su atención, pero no fue así.
Pudo ver cómo un líquido rojo oscuro caía gota tras gota y cómo, al llegar éstas al tapizado, se esfumaban sin dejar rastros.
Volvió a mirar a través de aquel ombligo maléfico, y cuando su ojo se acercó al orificio, sintió un escalofrío que lo hizo abandonar el automóvil de un salto.
Caminó confundido hasta la parada de ómnibus mientras su imaginación tejía ensueños escatológicos; la arboleda, las luces de la ciudad, y de pronto ese escozor, todo era tan horriblemente real.
Cuando subió al colectivo eran las siete, tenía cerca de una hora y media hasta la casa de Melisa. Todos sus nervios se descargaron en un violento sueño.
Su subconsciente comenzó a trabajar, se vio en el techo de su auto, árboles a su derecha, las luces de la ciudad a lo lejos, pero a diferencia de lo ocurrido anteriormente había mucho ruido, ruidos de coches y como un coro de gritos desgarradores. Sentía que todo su cuerpo le dolía. Abrió los ojos e intentó llevar su mano derecha a la cara, pero le fue imposible. Volteó su cabeza y con pánico observó su mano cubierta de sangre, alzó la vista y allí estaba la arboleda, quiso mirar sus pies, sólo vio unos hierros retorcidos sobre ellos. Por entre esos tenebrosos esqueletos metálicos se podían vislumbrar las luces de la ciudad.
Sentía que la vida se le escapaba. su cabeza buscó la posición más cómoda para enfrentar a Tannatos. Un repetido escalofrío recorrió su cuerpo cuando vio su sangre caer por un orificio y, un ojo observándolo desde abajo.