Al–Haarazed comió los mendrugos de pan y bebió lentamente el agua entibiada y sucia de la vasija. Era su último día. El Califa Al–Walid había ordenado su ejecución para la mañana siguiente, bajo cargos de robo y asesinato.

Cuando los últimos rayos del crepúsculo que se filtraban desde lo alto de una bovedilla bañaron de rojo la pared donde el condenado iba marcando los días de cautiverio, Al–Haarazed escuchó que alguien mencionaba su nombre desde el otro lado del muro.

—¿Quién llama a este pobre condenado?

—¿Puedes jurar tu inocencia por Alá el Supremo?

—Al–Haarazed siempre ha sido su fiel servidor. Por supuesto que sí. Pero desconfío de quien se oculta hablando en nombre del Todopoderoso.

Un ruido batiente y unas sombras reflejadas en la pared de la celda asustaron al recluso que se arrojó de bruces al piso en posición de oración.

El ruido cesó, y Al–Haarazed levantó la vista lentamente. A escasos centímetros de su cara había un pájaro de plumaje dorado. Caminó en círculos y sus ojos se clavaron en los del presidiario.

—Vengo en nombre de Alá a otorgarte un deseo. –Dijo el ave.

Al–Haarazed no cabía en su asombro, y ocultó su cabeza bajo los brazos.

—¿Quién eres?

—Soy un ruiseñor. Alá el Sabio me ha enviado como emisario para otorgarte una última voluntad.

—Entiende que en este momento no puedo pensar con claridad, llevo meses sin alimentarme bien.

—Permíteme ayudarte – dijo el ruiseñor. – ¿Te agradaría convertirte en el Gran Califa?

—Eso sería muy bueno.

Al–Haarazed levantó la vista, pero el pájaro ya no estaba allí. La habitación se hallaba casi en penumbras, y el condenado, a quien sus sentidos ya habían comenzado a engañar tiempo atrás, creyó que se había tratado de una ilusión. Volvió a bajar la cabeza dejándola esta vez reposar suavemente sobre el piso de piedra y el sueño se apoderó de él.

Un intenso olor a incienso lo despertó. Se encontraba acostado en una cama inmensa cubierto por sábanas de seda labrada, su cabeza y sus pies reposaban sobre almohadones y una suave brisa que provenía de un inmenso ventanal traía aquel aroma desde un sahumerio.

Se incorporó en el lecho cuando oyó nuevamente aquel batir de alas, y el ruiseñor traspuso la ventana y se posó delante de él.

—Dicen, pero Alá es más sabio, que eres el nuevo Califa de Omán.

Al–Haarazed miró a su alrededor. Había pasado casi dos años en un cuarto cien veces más pequeño que donde se hallaba ahora. Hundió su mano entre los cojines de la cama, observó el mobiliario del cuarto, las esculturas doradas a ambos lados de la ventana, y un maravilloso espejo con marco de oro con incrustaciones de piedras preciosas simulando racimos de frutas que le devolvía su imagen desnuda y enflaquecida.

—Soy el nuevo Califa de Omán. –repitió –Pero pronto se darán cuenta que soy un impostor. Por Alá, ¡debes ayudarme!

—Debes tranquilizarte, el único que trata personalmente al gran califa es su servidor Hassim, el Visir. Nadie del palacio salvo él conoce su rostro.

—Entonces Hassim me delatará y me ajusticiarán. –exclamó desahuciado Al–Haarazed.

—Eso no pasará puesto que he hechizado a Hassim, y él te reconocerá como el Gran Califa. – Y dicho esto el pájaro levantó sus alas y brincó hasta la ventana. – Te deseo suerte.

—Eso espero. – musitó Al–Haarazed.

Dicho aquello, ingresó en la habitación un hombre joven, vestido elegantemente y con un imponente turbante blanco.

—Alá bendiga al Gran Califa y a su fiel servidor.

—¡Hassim! –exclamó Al–Haarazed.

—Escucho y obedezco.

—Quisiera algo para comer.

Hassim desapareció inmediatamente para volver luego con siete doncellas que portaban en sus cabezas unas fuentes con los manjares más deliciosos que Al–Haarazed hubiese probado jamás.

Mientras comía, el ahora Califa, notó que salvo Hassim, ninguna de las doncellas lo miraba a la cara.

Cuando hubo terminado de comer, las doncellas se retiraron y Hassim ordenó a otras siete que lo bañaran, otras siete lo perfumaron con esencias y otras siete lo vistieron con sedas.

Pasó una semana durante la que Al–Haarazed conoció el palacio, comió, bebió y disfrutó del harem, a tal punto de haber casi olvidado sus años de esclavitud.

Una mañana, Hassim entró a su habitación y le dijo:

—Alá bendiga al Gran Califa y tenga misericordia de él.

—¿Por qué dices eso Hassim, es que va a pasarme algo malo?

—Le debo recordar, que ya han pasado siete lunas llenas desde que perdió la apuesta que realizó al Sultán Al Raschid durante el torneo de ajedrez, y hoy al ponerse el sol vendrá con su comitiva a cobrarse lo convenido: siete doncellas de su harem, su peso en oro, y siete camellos.

—Hassim, prepara todo eso para esta noche.

—Escucho y obedezco.

Y dicho esto, Hassim se retiró. Al–Haarazed estaba indignado, hacía una semana que era Califa y no estaba dispuesto a perder nada de su fortuna. El, un famoso ladrón que había llegado incluso a matar por un pedazo de pan. Debía pensar en algo.

Al caer el sol Hassim entró al salón principal del palacio acompañando al Sultán Al Raschid y a su comitiva. Al–Haarazed los esperaba en el otro extremo del salón.

—Si al menos apareciera aquel pájaro tonto y me diera alguna solución. –Murmuraba envenenado de ira.

El Sultán hizo un ademán a sus acompañantes que permanecieron quietos, y se acercó a Al–Haarazed lentamente.

—Alabado sea Alá el Glorioso, y alabado sea también quien cumple fielmente sus promesas. Gran Califa, es un honor poder verle el rostro a un hombre de su entereza, ya que la última vez los dos estábamos enmascarados con motivo de la competencia.

—Sabio es aquel que promete lo que puede cumplir, Sultán. –Dijo Al– Haarazed para ganar tiempo.

—A eso vengo. –Al Raschid hizo un movimiento de cabeza y dos guerreros se acercaron a él. – Que Alá el Altísimo exalte tu dignidad y la eleve al rango más alto. –prosiguió.

Inmediatamente uno de los guerreros sacó de su cintura una cimitarra y de un sólo golpe decapitó a Al–Haarazed, mientras el otro colocaba su cabeza en una bandeja de oro.

—Estimado Visir, debo reconocer que dudaba de la palabra del Gran Califa. Le enviaré en la próxima luna llena siete veces su peso en joyas ya que a su vez usted me ha ganado una apuesta. Debo reconocer que tenía razón, su Califa era una persona de gran palabra y espero que usted lo suceda en el trono dignamente.

El ruiseñor entró al salón y se posó sobre la cabeza de Al–Haarazed.

—¡Qué ave tan bella y a la vez tan extraña! – exclamó Al Raschid.

—Es un ave encantada. –explicó Hassim– El padre del Gran Califa se la obsequió al delegar en él el gobierno de Omán.

—Y, ¿cuál es su encanto?

—El Ave debía guardar la vida del Gran Califa para que él pudiera gobernar hasta que Alá decidiera llevarlo consigo.

—Como verás Hassim– dijo el Sultán observando la cabeza sobre la fuente dorada, –yo no creo en magias sino en Alá el Todopoderoso.

Y diciendo esto, Al Raschid lanzó una risotada y se retiró junto con su comitiva llevando consigo la cabeza del Califa, objeto de la apuesta.

Hassim se dirigió al ventanal y extendió su mano apuntando al cielo nocturno y el dorado plumaje del ruiseñor brilló sobre ella, bajo la luz de la luna con tal intensidad, como aquella vez, en que, aun siendo un niño, su padre le había contado una increíble historia de un ruiseñor encantado.