El más bajo tenía las mejillas azules de frío. El otro exhalaba vapor por los orificios de su aguileña nariz, de tal forma que me hizo recordar a las locomotoras que pasaban por la estación de mi pueblo cuando era niño. El vapor descendía hasta la barbilla para luego subir suave y entrecortado, delineando el cuello levantado de su sobretodo, hasta desaparecer a la altura de la nuca. El pequeño, con las manos en los bolsillos, levantaba rítmicamente una y otra pierna flexionando las rodillas como en un desfile, y de tanto en tanto se sonaba la redonda masa de grasa que, a juzgar por la posición que ocupaba en su cara, debía ser su nariz

Yo los observaba desde la ventana de mi habitación, las manos empapadas de sudor y el teléfono a mi lado.

En un intento por distraerme, puse un poco de música, con tan mala suerte que el Bolero de Ravel comenzó a sonar y a medida que iba ganando en energía me convencía de que mi fin se iba acercando, de manera que ahora tenía encendida (aunque no la escuchara) la radio.

El hombre gordo metió su mano por entre el abrigo y extrajo el quinto pañuelo que le había contado en las cuatro horas que estaban allí.

—Tengo que comer algo para distraerme. –

Luego me di cuenta que en los dos días que llevaba ahí recluido había acabado con todo lo que mi modesta heladera de soltero podía albergar.

Lo primero que me vino a la mente fue pedirle algo a los viejos que vivían al lado, pero teniendo en cuenta que, así como había gente afuera podía haberla en el pasillo, no me pareció prudente.

Volví a la ventana.

El hombre alto sacó de su gabán por primera vez una caja de cigarrillos. Con un ademán le ofreció uno a su compañero quién, tras señalar su robusta nariz se negó con un leve movimiento de cabeza. tras encender uno, comenzó a caminar alrededor de la cabina telefónica que había en la esquina. Ahí mismo. Frente a mi departamento.

Yo los vigilaba a través de las cortinas, con la persiana levantada tan sólo diez centímetros y todas las luces apagadas. Al tanteo comprobé que había acabado con todos mis cigarrillos y con la botella de cognac que tenía sobre la mesita del teléfono.

—El teléfono! Podía llamar a los viejos de al lado y pedirles que me alcanzaran algo –Pensé– Les diría que si veían a alguien en el pasillo no tocaran timbre y que volvieran a su casa.

Me abalancé al teléfono y disqué el número de los vecinos, cuando vi que el hombre flaco hizo una señal al gordo, que inmediatamente se dirigió a la cabina telefónica y descolgó el auricular. Colgué antes que sonara por tercera vez.

No podían haber interceptado mi llamada ya que se trataba de un teléfono público, pero, entonces ¿por qué el hombre pequeño había colgado después de mí? Además, ¿cómo sabían que yo estaba discando? Pensé en la posibilidad que alguien les hubiera avisado, pero eso me llevó a la intranquilizadora conclusión que de alguna forma me estaban observando. Sin pensarlo bajé bruscamente la persiana por completo. Ahora sólo podía verlos a través de los listones de madera.

El hombre flaco miró hacia la ventana y tras hacer un gesto al obeso, la señaló. Enseguida, no sé por qué, me eché hacia atrás, de todas formas, ellos no podían haberme visto. Tuve miedo de volver a acercarme pero finalmente lo hice y... No estaban.

No sé muy bien describir lo que sentí en ese instante. Todo lo que había deseado durante tantas horas. Ya no estaban. Pero yo hubiera preferido que estuvieran allí, el alto fumando y el gordo sonándose la nariz. Creo que sentí pánico en ese instante, creí que habían salido por mí.

Luego me tranquilicé, pensé que tal vez el que los enviaba les había ordenado irse. Y la llamada del teléfono. Estaba todo claro, la llamada era para ellos, para decirles que se retiraran. Ellos no podían saber que yo estaba aquí desde hacía dos días. No, ellos creen que yo salí hacia aquel lugar... No, jamás me buscarían aquí.

—Ahora sí que estoy a salvo! – Exclamé.

En ese momento sonó el timbre.

—Me habrían descubierto?

Escuché el timbre sonar tres veces, tres interminables veces. No respiraba.

—Que se vayan, no ven que aquí no hay nadie.

Sonó por cuarta vez un timbrazo seco, corto.

—Qué habrá durado? Tan sólo tres segundos...no, cuatro o cinco... tres es muy poco, es el tiempo que lleva sólo poner el dedo en el timbre y sacarlo. Sí, fueron cuatro o cinco segundos. Bien. Ya no suena más.

Esperé alrededor de diez minutos de espaldas a la pared en la cual estaba la ventana. No recuerdo haber respirado una sola vez en esos diez minutos... Quizás ya estaba muerto.

Me acerqué despacio a la puerta serpenteando por la alfombra, salvando con ágiles y suaves movimientos los objetos que me separaban de la puerta, los que conocía de memoria tras cinco años de vivir en esta casa.

Así gateando a obscuras llegué por fin a la puerta. Me incorporé con la intención de ver por la mirilla cuando recordé no haber escuchado pasos alejándose luego de los timbrazos.

Sonó por sexta vez. Penetrante, agudo, cargándome de angustia, y de pronto, sin saber por qué, rápidamente y como con resignación, abrí la puerta.