Lo estábamos esperando señor Gómez, tardó usted más de lo que pensábamos. Pase por aquí, venga, no tema, ya ha pasado lo peor.
Al final del corredor se distinguía un reflejo fucsia que parecía manar de un espejo que ocultaba una puerta, Gómez la atravesó acompañado por su anfitrión, y enseguida escuchó cómo sus pasos comenzaban a traducirse en ecos cada vez más resonantes. Se encontró en un vasto recinto circular de unos veinte metros de diámetro, circundado por dos naves laterales que comenzaban a partir de dos filas de columnas completamente lisas.
Antes de entrar en la galería central, el hombre que lo guiaba señaló un banco de piedra instalado contra una columna. Gómez entendió que debía sentarse a esperar.
Recogió las rodillas de su pantalón y con serenidad ocupó el asiento. Cuando volvió la vista hacia donde estaba el guía, este se había ido. Pensó que lo mejor era esperar y trató de recordar qué estaba haciendo allí.
Recordó la fiesta de la noche anterior, había tomado de más, salió rumbo a su casa en la madrugada... ¿Había salido en realidad?
Levantó la vista y observó que las dos naves constituían la parte inferior de una inmensa escalera de caracol que se alzaba por encima de él y que parecía no tener fin. Toda la construcción era de piedra y le llamó la atención el hecho de no distinguir las divisiones entre un bloque y otro de tal forma que daba la impresión de estar construida a partir de una única pieza.
No había estado nunca allí. No obstante, el lugar le resultaba familiar. Sabía que al final de la escalera había una puerta y creía saber qué hallaría al abrirla. Esperó por cortesía un lapso prudencial a sabiendas que nadie vendría por él. Entonces se levantó y fue hasta donde comenzaban las gradas, quiso echar una mirada hacia el inmenso portal por donde había accedido al lugar, pero le resultó imposible, la puerta había encajado perfectamente en el marco de piedra.
Comenzó a subir.
Era extraño, percibía como si la escalera fuese recta, hecho que atribuyó al enorme diámetro de la misma y a la ausencia total de descansos, y por ende de pisos. Tanto le afectó esa sensación que se dirigió al extremo contrario a la pared y miró hacia abajo.
—Caramba, debo haber subido como cincuenta metros. ¡Qué pequeños se ven aquellos dos hombres!
Algo le llamó la atención y se quedó observándolos. Uno de ellos señaló el banco en el que él mismo había estado sentado, el otro se acercó a él, se agachó mientras recogía las rodillas de sus pantalones (como lo había hecho él) y vio como el primero se marchaba suavemente hacia atrás caminando sobre las puntas de sus pies.
—Qué escalera tan alta... ¡La puta! – Pensó y miró hacia arriba para calcular cuánto le restaba aún para llegar al final. Entonces vio sobre el andarivel opuesto al suyo y como cincuenta metros más arriba, otro hombre que también había estado siguiendo la escena que ocurría abajo.
Siguió subiendo hasta que sus piernas no le respondieron y se vio obligado a sentarse. Comprobó que la escalera, el pasamanos y la pared lateral estaban construidas a partir de un solo bloque, no había ventanas y la única iluminación era la proveniente desde el centro de la misma. Se trataba de un diseño más bien rústico sin molduras y pobremente acabado, a excepción del pasamanos que estaba más lustrado.
Estaba examinando el pasamanos cuando observó que había un hombre sentado en el banco. Levantó la vista lentamente tratando de contar las vueltas del enorme espiral y fue ahí cuando vio que otro lo observaba desde unos metros más abajo.
—Ya me falta poco para llegar. –Repetía mientras continuaba su ascenso.
Al llegar al final, la escalera se cerraba completamente por arriba formando una cúpula. Había también una puerta similar a la que él había atravesado, desde donde surgía la intensa luz que iluminaba toda la escalera.
—¡Al fin! – Y traspuso la puerta.
Todo comenzó a darle vueltas y Gómez se encontró sumido en penumbras al mismo tiempo que sentía un vacío en el estómago.
De pronto recuperó la estabilidad y se encontró de pie. Una luz rojiza como la alborada lo guio hasta un enorme portón.
Un hombre vino a recibirlo.
—Lo estábamos esperando señor Gómez. Tardó usted más de lo que pensábamos.