Con mucha frecuencia me asalta el recuerdo vivido de un sueño muy extraño. Me encontraba caminando por un sendero arbolado a orillas de un río angosto. Algo del paisaje con sus casas construidas sobre la orilla y sus amarraderos sobre el agua me hicieron creer que se trataba de la ciudad de Brujas.

Durante mi caminata, que fue lo suficientemente larga, pude observar a varias personas durmiendo a la sombra de los árboles. Me llamó la atención que al lado de cada una de ellas, había objetos de lo más inverosímiles. Creí ver a Novalis al lado de una flor de un azul intenso, un laberinto indescifrable a la diestra del escritor de Praga, Nothung empuñada por un durmiente Sigfrido, y un juego de ajedrez que casi ocultaba las facciones de un Borges a punto de despertar. Así, con la naturalidad propia de quien se sabe dentro de un universo onírico, continué mi camino por entre aquellos durmientes, algunos (la mayoría) desconocidos, y fui comprendiendo, a la vez que me familiarizaba con ese mundo, que esos objetos representaban los sueños de aquellos que dormían.

Hasta que de pronto, al pasar bajo una arboleda, me crucé con ella, que a su vez me contemplaba soñándola a su lado. Me inquietó no comprender cuál era yo en realidad, si el caminante, o el soñador de ella.

Mientras pensaba continué bajando por el lecho del río. Desde la otra orilla se veían las inconfundibles facciones de las señoritas de Avignon rodeando a otro durmiente, y luego, río abajo, a otro hombre con bombín que llevaba la cara cubierta por una manzana verde y en su mano un cartel que rezaba: «esto no es un hombre durmiendo».

El resplandor crepuscular bañó de un tono dorado el cauce del río, y me detuve a contemplar aquella escena en un asiento de madera.

Me sentía a gusto en ese sueño, sentía que podía controlar los tiempos del mismo cual una obra ya vista. Supe que tenía que levantarme y continuar mi caminata. La luz ya era escasa y habían despuntado algunas estrellas.

Sobre una cama dorada en medio de un prado me encontré nuevamente con ella. Pude ver su rostro durmiente iluminado de un tono lila por la luz de la luna.

Me recosté a su lado.

Y así permaneceré inmóvil hasta que se haya despertado.

Sólo existo en sus sueños... pero espero algún día despertar con ella... como la flor de Novalis.

1 ¿Y si durmieras? ¿Y si en tu sueño, soñaras? ¿Y si soñaras que ibas al cielo y allí recogías una extraña y hermosa flor? ¿Y si cuando despertaras tuvieras la flor en la mano? ¿Ah, entonces qué?