—Pasó la lluvia por fin.

—Sí, pero esta niebla es peor, no veo absolutamente nada de diez metros hacia adelante.

—Y hacia los costados tampoco, apenas algunos arbustos... Podía ver la niebla por la ventanilla trasera del auto. Yo estaba recostado sobre su muslo, así que no podía distinguir bien el límite entre la niebla y el cielo; en realidad era un degradé de celeste pastel que se iba aclarando extrañamente hacia el infinito.

No sé con precisión en qué momento me di cuenta de que no me podía mover, quizás porque estaba obsesionado en ver algo detrás de ese manto celeste que parecía chocar contra el vidrio.

Habrían pasado unos minutos... o tal vez horas, cuando una luz amarillenta me dio en la cara. Parecía estar entrando por la ventanilla delantera. En ese momento ya sabía que no me podía mover. Curiosamente eso no me preocupaba, seguía escuchando las voces y mirando a través del cristal cuadrado.

* * *

—Enrique, ¿podemos empezar?

—Cuando quieran. –Se escuchó detrás del paño verde–.

La mano del cirujano cortó firme de un solo trazo desde la base del esternón hasta el pubis.

Trabajaba con la seguridad que otorga el paciente de extrema gravedad, en esos casos en que no es uno mismo el que decide el resultado final de la operación.

Mientras secaba y aspiraba la sangre traté de imaginar qué habría pasado si el cirujano hubiera sido yo, y no oculté una sensación de sosiego al comprobar el papel que me tocaba en aquel infierno.

—Vamos a tener que sacar el bazo, está totalmente destrozado. – Sentenció sin mirar al ayudante –.

—Y el hígado tiene una laceración en su cara superior.

—Ya sé, vamos a comprimir aquí momentáneamente para darnos tiempo en la extracción del bazo.

No era la primera vez que operaba un caso así. Tenía la experiencia suficiente para saber antes de abrir si el paciente saldría vivo o no. Esa cualidad había sido motivo de calurosas apuestas en su juventud, pero esta vez había algo que no le convencía totalmente, algo extraño que aún no había sabido ver.

—Le estás pasando sangre, ¿no? –La frase sonó como una afirmación más que como una pregunta–.

—Ya van dos pingüinos de la casa– Se escuchó la voz de Enrique suave y tranquila haciendo obvia alusión a las dos unidades de sangre.

Un anestesista debe cumplir dos requisitos fundamentales para ser de primer nivel. Uno es dormir a todos los pacientes sin ofrecer ninguna resistencia ni contraindicación formal. El otro es tener una reserva inagotable de chistes para amenizar cualquier operación por más larga que fuese. Enrique poseía ambas cualidades; indudablemente era el mejor que yo había conocido.

A las tres horas de operación ya habíamos sacado el bazo, explorado todo el intestino y resecado gran parte de él, y aún estábamos dudando sobre si conservar o no el riñón derecho.

En ese momento y sin darme cuenta pregunté aquello que por algún motivo ninguno de los tres había querido decir:

—Este todavía va a salir caminando–. (Pero no salió en tono de pregunta como yo me lo había formulado.)

—Y… es joven, todo depende del grado de traumatismo cerebral que tenga–. Siguió trabajando sobre el intestino con la meticulosidad de un relojero.

—Yo, (la voz de Enrique seguía fluyendo permanentemente) me acuerdo que una vez operamos en el hospital Rawson a un pibe de veintidós años con una intoxicación aguda por plomo. – Hizo una pequeña pausa para rematar. Le habían metido ocho balazos calibre cuarenta y cinco.

Estábamos con el viejo Díaz. Cuando terminamos le preguntaron al viejo a dónde lo llevaban, y él, que le había hecho una hemi–corporectomía, respondió:

El pedazo más grande va a la habitación, y el más chico a Anatomía Patológica.

* * *

Si no fuera porque yo mismo había cerrado esa ventanilla, juraría que la niebla iba entrando a través de ella e invadiendo todo el lugar.

Ahora me parecía que tenía un tinte más amarillento, probablemente debido al haz de luz que entraba tangencialmente.

Fijé toda mi atención en ella y alcancé a ver los pequeños fragmentos líquidos que bailaban en extraño ritual. Los había blancos, azules, rosados y amarillos, según el ángulo de incidencia del haz de luz.

Sentí el tacto suave y húmedo de la niebla envolver mis piernas, mi cuerpo, mi cara, y me vi fragmentado en infinitos puntos multicolores como en un cuadro de Seurat.

Recuerdo perfectamente ese momento por aquellas frases:

—Pasó la lluvia por fin.

—Sí, pero esta niebla es peor, no veo absolutamente nada de diez metros hacia adelante.

—Y hacia los costados tampoco, apenas algunos arbustos.

Exactamente la misma frase de cada uno de ellos, exactamente en el mismo tono y con las mismas pausas.

Sentí frío en todo el cuerpo, en cada una de las infinitas partes de mi cuerpo, fragmentado por esa niebla maldita y seductora.

Entonces me quise mover, quería incorporarme para observar qué sucedía hacia afuera de la ventanilla.

Observé que las innumerables partículas de mi brazo–niebla se movían vertiginosamente en fatuo ritual hacia uno u otro lado, pero el conjunto permanecía inmóvil e insubordinado a mi voluntad.

En ese momento recuerdo haber sentido miedo por primera vez.

* * *

A las cinco horas ya habíamos sacado el riñón derecho y reparado la brecha que se había producido en el diafragma.

El cirujano se limpió los guantes en el camisolín que era empujado con violencia por su prominente abdomen, y miró con sumisión la gasa que cubría la laceración hepática. La pregunta sonó directa:

—Y, ¿vos qué harías acá?

—¿Con ese hígado?

—Sí, con semejante tajo que lo corta de un lado al otro.

Realmente era muy grande. La gasa yacía inerte sobre lo que podía significar la vida del paciente.

* * *

Aún podía mover los ojos, traté de ver hacia arriba, el techo del auto se confundía con los copos algodonosos de agua multicolor.

Por encima del asiento delantero no podía distinguir ninguna silueta, ni tampoco ver la luneta trasera en la cual se veían reflejadas hasta que se desencadenó la lluvia, las luces del tablero del auto. Ahora la niebla lo ocupaba todo.

De pronto percibí la ausencia total de sonidos. La obsesión por tratar de moverme y ver a través de esa capa me había distraído a tal punto que no recordaba el momento preciso en que dejé de oír los sonidos del motor del auto. Lo último que recordaba eran aquellas tres frases sueltas.

Hasta que comencé a oír como, la niebla, penetraba en mis oídos como la interferencia de una estación de radio.

* * *

Por primera vez en casi cinco horas el cirujano dejó de trabajar. Estiró hacia atrás su cabeza, la movió de un lado al otro, entrecruzó los dedos de las manos y los hizo sonar acompasadamente, miró por encima del paño verde y le preguntó a Enrique el tiempo que llevaba de cirugía.

Después su mirada se fijó en la mía.

—¿Y...? ¿Qué hacemos con esto?

Mi respuesta no se hizo esperar, a decir verdad, venía pensándola desde el primer momento en que vi la herida:

—Doctor, llevamos casi seis horas de cirugía y no queda mucha más sangre, creo que sacar la gasa y tratar de reparar eso va a ser peor que dejarlo así con un taponaje.

No sé si mi respuesta sonó muy segura o que realmente por primera vez lo noté agotado y no quiso arriesgarse a prolongar la operación mucho más.

—Tenés razón querido, seguir más con esto da miedo, –y agregó– mucha ciencia acerca a Dios.

—¿Cómo está el paciente Enrique?

—Un poco hipotenso, ya le pasé toda la sangre que teníamos. ¿Falta mucho?

—Ya nos vamos.

—Por fin– pensé en silencio, mientras que de mi boca se escuchó: –Que matracazo infernal–

* * *

Traté de recordar los momentos previos a la neblina, los preparativos, la salida, la lluvia torrencial, desafiante, la primera parada, la nueva salida... La bruma cada vez más sofocante, me recosté sobre ella, ahora los tres me parecían distantes. La niebla había penetrado en todos mis poros sofocándome de tal forma que me impedía todo contacto con el mundo exterior que parecía acabarse junto con el límite de mi cuerpo.

Nuevamente intenté moverme, sin resultados...

* * *

—¿Baja a terapia intensiva?

—Sí, ya reservé cama...

—¿Cuesta mucho despertarlo?

—Mira, creo que lo mejor va a ser que lo dejemos conectado a un respirador.

—Como usted diga Enrique. Ahora aviso que vayan preparando todo – contesté.

* * *

En ese instante el miedo ya se había apoderado de mí. Estaba totalmente paralizado, sordo, mudo y lo único que podía ver eran fragmentos multicolores y centelleantes de esa bruma omnipresente... Creo que articulé decenas de palabras de auxilio que nunca fueron escuchadas... Ni siquiera por mí... Las cuerdas que lo movían se habían cortado, y el cuerpo, yacía como una bolsa inerte.

* * *

—Ya está. Respiración artificial, sondas varias, drenajes varios, antibióticos, analgésicos, control de todo lo que entra y sale por cada tubo. –indicó el ayudante–.

—En lugar de ir a terapia lo tendrías que haber llevado al Jardín Botánico.

El monitor sonaba rítmicamente a medida que inscribía unas rayas de brillante verde sobre una pantalla.

—Che, ¿y los otros tres que iban con él?

La respuesta no se hizo esperar, fue seca, tajante:

—Murieron instantáneamente.

* * *

Por última vez hice el esfuerzo por levantarme. La bruma comenzó a disiparse como si la luz dorada que venía desde adelante la fuese derritiendo.

—Pasó la lluvia por fin.

—Sí, pero esta niebla es peor, no veo absolutamente nada de diez metros hacia adelante.

—Y hacia los costados tampoco, apenas algunos arbustos.

Por fin pude levantarme, de pronto vi con claridad el interior del auto, los tres rostros, mi cuerpo ya me pertenecía plenamente. Miré a través del vidrio delantero y dije:

—Seguí hacia esa luz dorada, creo que la niebla va disminuyendo. En ese momento el monitor inscribió un trazo recto y sonó una alarma que jamás paró.