Cuando salió rumbo al trabajo, no sabía que aquel día tendría tanta importancia en su vida.
De pronto, inesperadamente, se encontró nuevamente con ella. Inicialmente la reconoció por el anillo de compromiso que él le había regalado cinco años atrás. De alguna manera eso lo alegró. Él a su vez aún conservaba el suyo en su mano izquierda.
Pese al tiempo que había transcurrido, no había logrado olvidarla. Se habían jurado amor eterno, promesa que sólo él había cumplido.
Pasaron por su mente aquellos días en que vivían juntos y una sonrisa nostálgica se dibujó en su rostro. Por un momento sus ojos recobraron una alegría ya perdida en los recuerdos, y se tuvo que contener para no hablarle.
Luego recordó cuando ella le había dicho que se marcharía. No le fue difícil ya que eso aún era una herida que no había cerrado. Pensó que estaría con otro, que no la merecía como él, y como pudo trató de rehacer su vida, tarea que después supo, era imposible sin ella. En varias oportunidades pensó que su vida no tenía sentido, sólo lo alimentaba la esperanza de volver a verla algún día, y ese día finalmente había llegado. Ahora era su oportunidad de cambiar la historia.
El cabello negro contrastaba con el tono pálido de su cuerpo desnudo, y ese vello ensortijado que le había hecho volar interminables noches había perdido aquella magia pasada.
Buscó en la mirada vacía de ella alguna respuesta a todo su sufrimiento y sintió deseos de besarla como en tantos sueños durante tanto tiempo. Contempló sus senos firmes mientras el recuerdo del pasado corroía sus sentimientos, finalmente se besó el dedo índice y lo posó lentamente en sus labios cerrados.
Se quitó el anillo, tomó la mano de la durmiente, y lo abandonó allí suavemente.
Apenas la tocó y ella se desplazó lentamente. Luego él cerró la pequeña puerta metálica.
Aquel día, sin saberlo, al dejar su guardia en la morgue judicial, el doctor Novak había cerrado también otra puerta.