Las dos columnas de humo ascendían paralelas hasta que, casi a la altura de mis ojos se fusionaban, y centímetros más arriba, una brisa que se filtraba por la ventana del bar las borraba para siempre. Pensé que entre lo baladí de las etéreas columnas y la inexorable caducidad de la vida existía una imperceptible pero evidente relación, y no pude olvidar al paciente que había fallecido esa mañana en el hospital.

Miré la taza humeante de café y apagué el cigarrillo mientras continuaba reprochándome el hecho de no haberme habituado aún a la muerte tras tantos años de cirujano.

Creo que fue en ese momento, y no antes, cuando vi al viejo por primera vez. Me llamó la atención por lo anacrónico de su atavío. Parecía vestido para una fiesta de gala que hubiera tenido lugar veinte años atrás. Se condujo directamente hacia donde yo estaba sentado y se detuvo frente a mí.

—¿Es usted el hijo de Moral, el dibujante?

Observé perplejo al anciano. Llevaba puestas unas gafas negras tan oscuras que no podía comprender cómo me había reconocido a través de ellas.

—Sí. Creo que no tengo el gusto de conocerlo

—No, es cierto, no me conoce... Hasta ahora por supuesto. Pero creo que le puede interesar saber cosas de su padre a quien sí aprendí a conocer, y aún hoy no dejo de hacerlo. Su obra me parece realmente fascinante. – Hablaba lentamente pero sin pausas, lo que sumado a lo sorpresivo de su aparición, me dejó atónito. Sacó con su mano izquierda una tarjeta del bolsillo de su saco. En ese momento comprendí que en la otra mano llevaba un bastón brillante de carey blanco con una exótica talladura entre la empuñadura y el pie.

—Aquí tiene una dirección donde puede ubicarme. Lo estaré esperando. –y agregó.– Ah doctor, me olvidaba le ruego que venga solo así podremos dialogar con tranquilidad.

El viejo dio media vuelta y comenzó a caminar por entre las mesas del bar en dirección a la puerta. Me levanté y corrí hacia él.

Al cruzar tras una columna, una mano que me tomó por el hombro me detuvo, era mi amigo Ricardo que había ido al toilette minutos antes de que apareciera aquel individuo. Eso bastó para que el anciano ganara distancia.

—¿A dónde vas? –pregunto Ricardo inquieto. Con un movimiento de hombro me liberé de la mano de mi amigo y grité:

—¡Señor!

El viejo ya estaba casi fuera del café. Se dio vuelta apoyado en su bastón en una posición que me resultó familiar, no mirando hacia mi directamente sino de reojo a través de sus lentes oscuros. Tenía una mano en el bolsillo de su saco, y con la otra tomaba el bastón apuntando con su dedo índice hacia el piso. Bajo el efecto del contraluz, ya que estaba parado casi sobre la puerta y el resto del recinto no tenía sino una tenue iluminación, la figura parecía aún más inquietante.

En ese momento surgieron en mí muchos interrogantes. Me había llamado doctor, por ende me conocía, pero no sabía de dónde, además también ignoraba su nombre, quizás el hecho de tener tantas preguntas que realizar en aquel momento cuando no había lugar para más de una, fue lo que me enmudeció por completo. Probablemente el anciano se haya dado cuenta de ello ya que sonrió de manera extraña e intrigante, se volvió hacia la puerta y salió.

—¿Quién era?

—No sé... Un vendedor ambulante, supongo.

—Y, ¿para qué lo llamaste?

—Tenía algo que me resultaba familiar...

Traté de restar importancia al asunto y fuimos a sentarnos nuevamente. No quería que Ricardo notara mi desconcierto, así que deliberadamente comencé a hablar de la última película de Ridley Scott. A los cinco minutos estábamos discutiendo acerca de los rasgos más salientes del post– modernismo, y, media hora más tarde, sumidos en un duelo a muerte defendiendo cada uno su postura sobre si los ravioles a la “Príncipe di Napoli” llevaban o no un huevo frito encima, apostando sumas de dinero que jamás pensábamos pagar, ya que la verdad absoluta no existe cuando se discuten temas de tal profundidad ontológico–filogenética. Fue en uno de esos silencios imprescindibles cuando Ricardo desistió de continuar con su defensa aguijoneado por su memoria.

—¿Sabes a quién se parecía el viejo que viste?

—Estaba recordando pero no sé.

—Lo vi en tu casa.

—¿En mi casa?... Estás loco, si el viejo hubiese estado en casa lo recordaría.

—Yo no dije que él estuvo ahí –al decir esto sonrió satisfecho, y agregó con un tono entre enigmático y extorsivo– Solo que lo vi en tu casa... – hizo un silencio y puso fin al misterio– En un cuadro de tu padre, ese del tipo que está con el bastón, que parece un ciego por los lentes que usa. Tenés que recordarlo.

Lo miré fijo y respondí:

—Sabe lo que es usted Castel... –Ricardo sonrió nuevamente con agrado, sabía que estaba en lo cierto y esa frase así lo indicaba.

—...¡Usted es un hijo de puta!

Cuando nos sorprendió la noche ya estábamos de acuerdo con respecto a que el mayor exponente filmográfico del post– modernismo era “Blade Runner”, y que el “Brazil” de Terry Gillan, si bien meritorio, era de menor valor estético. Lo que no hubo forma de concluir fue el duelo vesánico acerca de la salsa en cuestión.

Llegué a casa pensando en el dibujo del ciego con su bastón blanco. Revolví en todos los sectores del atelier hasta que por fin encontré el dibujo dentro de una carpeta de cuero verde.

Se trataba de un anciano erguido histriónicamente, como si estuviera posando para una foto. Llevaba la mano izquierda en el bolsillo, y en la derecha, que figuraba en un plano más anterior, cautivando de esa forma la atención del observador, un bastón blanco con una talladura similar a la que yo había visto. Enormes lentes negros cabalgaban sobre una prominente nariz, que era el rasgo más saliente de su cara, oculta casi por completo por el sombreado. Vestía un gabán de solapas amplias y redondeadas, camisa muy arrugada y cerrada en el cuello, pero sin corbata, al igual que el extraño individuo del bar.

En el reverso se leía:”Wuluwait el barquero” 1982, 30 x 23, lápiz.

El mismo sobre contenía otros bocetos donde se observaban ancianos tendidos en la cama con los ojos cerrados y la boca entreabierta, imágenes que había visto tantas veces durante las recorridas de sala hospitalarias. Me pareció extraño que nunca hubiese reparado en la existencia de esos dibujos, inundados de una atmósfera sombría y cargados de un dramatismo sutil, pero evidente.

Busqué el nombre de “Wuluwait” sin éxito en la “Enciclopedia universal” de Sir. Edward Laso, como así también en el “Tratado de mitología” de Longmans, Green & co.

Estaba contemplando aquellas imágenes escatológicas que aún carecían de sentido para mí, cuando recordé la tarjeta que el anciano me había entregado. El papel de bordes amarillentos con un grabado en relieve, evidenciaba lo que años atrás había sido una tarjeta de calidad. Me llamó la atención el que solo tuviera inscripta una dirección en una de sus caras, pero lo que más me inquietó fue descubrir que en la otra llevaba grabado con letras de imprenta un nombre que hasta ese momento nunca me había intranquilizado, el mío.

Al detenerse abruptamente el cassette que estaba sonando, tomé conciencia de haber estado observando el cuadro y la tarjeta por espacio de casi una hora. Me resistía a creer, en los acontecimientos, pero el notable parecido del cuadro y esa intrigante tarjeta, fueron suficiente cebo para despertar mi curiosidad.

Me detuve en el balcón a contemplar los primeros relámpagos que despuntaban en el cielo oscuro presagiando la tormenta.

Entré a la casa y cerré la persiana del atelier en el momento en que comenzaban a caer las primeras gotas, tomé el impermeable y me dirigí a la puerta.

Casi por reflejo me miré en el espejo que se hallaba al lado, y pude verme a mí mismo duplicado ya que en la pared opuesta se encontraba colgado un retrato, en el que yo vestía aquel impermeable que mi padre me había regalado hacía años.

Se trataba de un pastel de casi un metro cincuenta de altura en el cual la realidad se hallaba distorsionada levemente como sucede en general con el arte expresionista.

Mi figura estaba mirándome rígida, dando la espalda a una ventana oval, remedo del original que se hallaba en el altillo de la casa, por la cual se veían nubes de tonos entre el azul y el negro, que en un plano del espacio se confundían con el empapelado de la habitación, y más abajo borraban mis pies violando la perspectiva.

Me observé detenidamente y fue así que noté algo blanco que sobresalía del bolsillo del pantalón, me acerqué más, sin resultado, creyendo finalmente que debía tratarse del brillo producido por la iluminación sobre las arrugas de la ropa.

El pastel, titulado “La partida de Alan” debía tener al menos siete años, y recuerdo que su nombre había sido motivo de crítica ya que nadie que fuese a partir lo haría desde el altillo de la casa, sino más bien desde donde yo estaba parado en ese momento. Pensando esto, subí hasta esa habitación sin saber por qué.

Traté de encender la luz sin éxito, así que abrí de par en par las persianas internas de la ventana oval. La poca luminosidad que entró en el cuarto debido a la tormenta, me permitió ver el empapelado nuboso, algo más oscuro del que yo recordaba.

La lluvia ahora era intensa y constante. Regularmente algunos relámpagos iluminaban la totalidad del cuarto. Me paré de espaldas al ventanal, y observé cómo se veía la habitación.

La puerta de entrada se hallaba a mi derecha. Enfrente había un aparador de roble con un gran espejo en su parte superior y, colgado al lado de éste se hallaba un autorretrato de mi padre dibujando que recordaba bien. El resto de la habitación estaba ocupada por muebles y artículos en desuso dispuestos anárquicamente.

Súbitamente, un rayo iluminó con su destello mi figura reflejada en el espejo, y me vi posando para el autorretrato en “La partida de Alan” pero esta vez a diferencia de lo ocurrido minutos atrás en el living, pude identificar aquel objeto blanco que sobresalía de mi bolsillo. Lo tomé entre mis manos y leí circunspecto una vez más la dirección del anciano. Un viento violento y seductor abrió la ventana oval de un golpe y me susurró al oído.

En ese momento tuve la certeza que debía partir a encontrarme con mi padre que había muerto seis años atrás.