Aún no había comenzado la primavera, pero con el Zonda, un calor seco y agobiante me hizo creer que ya estábamos entrando en el verano. Llevaba casi un año en la ciudad de Mendoza trabajando en lo que sería la nueva ruta internacional a Chile. En realidad, nunca me había cuestionado, hasta aquella circunstancia tan extraña que voy a relatar, todo lo que tuve que abandonar en pos de aquel objetivo, inusual para un ingeniero con pocos años de recibido. En su momento creí que alterar la geografía mundial podía ser más importante para mí que otros pequeños logros, que, por cotidianos, nos aparecen como más banales.
Era uno más de los tantos días en que realizaba mediciones en la montaña para calcular el ángulo de entrada de un túnel, cuando una nube de polvo seca y abrasadora me rodeó, y tuve que llegar a tientas a la camioneta. Una vez dentro esperé (¿qué otra cosa podía hacer?) casi hasta el atardecer, en que el viento cedio en parte y pude volver a la ciudad.
A pocos kilómetros de un camino lateral que nunca me había molestado en averiguar a dónde conducía, la ruta estaba obstruida por un derrumbe, no muy importante, pero casi imposible de franquear sin ayuda. Sabía que si no volvia esa noche, al día siguiente vendrían a buscarme, así que detuve la camioneta, encendí la radio y me recosté en el asiento delantero a mirar cómo el sol se ocultaba entre dos picos nevados.
Al cabo de unos instantes, sentí un escalofrío al ver aparecer ante mí la figura de un hombre, recortada por los destellos del ocaso, surgiendo de las sombras y el polvo que levantaba el Zonda en la ladera de la montaña.
Aún estaba paralizado por el temor cuando éste se asomó al borde de la ventanilla y me dijo:
—No es buena idea quedarse dentro de la camioneta – levantó la vista hacia la montaña que se alzaba detrás mío y agregó–, puede haber nuevos derrumbes. Le conviene salir, déjela aquí, y venga conmigo.
Era un hombre alto y delgado, con una prolija barba entrecana, hablaba pausadamente con una voz muy gruesa lo cual infundía cierta confianza y autoridad. Además, por qué negarlo, tenía razón.
—Soy Henry Valter, ingeniero civil, estoy a cargo de construir la nueva ruta. –me presenté, y le extendí mi mano.
—Ya lo sabía –contestó el hombre que luego supe se llamaba Areíto, y apretó mi mano entre las suyas con firmeza.– Vamos, está comenzando de nuevo, sígame.
Unas pequeñas piedras fueron el preludio de otras más grandes, hasta que la ruta quedó totalmente bloqueada. Un par de rocas de considerable tamaño abollaron el techo de la camioneta justo encima de donde minutos atrás estaba ubicada mi cabeza. Areíto caminaba con rapidez en dirección del camino lateral que había dejado atrás tantas veces y finalmente dobló en él. Lo seguí como pude durante unos minutos, el sol ya casi había desaparecido cuando se detuvo frente a una cabaña al filo de un precipicio.
—Aquí estamos a salvo –dijo secamente– si quiere puede entrar.
—Gracias – respondí.
Entró en la cabaña para salir al rato con una botella de ginebra y una lámpara de aceite. Nos sentamos a contemplar cómo se hacían visibles las primeras estrellas y mientras la botella se fue consumiendo, fui conociendo su nombre, y su historia que fue lo que me llenó de asombro. Su charla era agradable y lenta, con un manejo muy exquisito del idioma, lo que me hizo desechar la idea primera de que se trataba de un indio de la zona. Al observarlo mejor noté que debajo de ese atavio rústico se ocultaba una persona amable con conocimientos que iban más allá que los de un morador habitual de esa zona de la cordillera.
Al cabo de unas horas de charla me contó la leyenda del puente de las almas, que hasta aquel momento nunca había escuchado.
A mediados del siglo diecinueve, el general Alvaro de Gamboa partió en una expedición desde el Pacífico hacia el este con el fin de conquistar tierras para la corona española. Este había contraído matrimonio meses antes y prometió a su esposa retornar antes que ella diera a luz a su primogénito. La expedición duró más de lo previsto, ya que en su afán conquistador continuó tierras al sur ganando mucho más territorio del que hubiese imaginado antes de emprender el viaje. Al cabo de tres años, el general retornó a su hogar en las orillas del Pacífico pero ya no encontró allí a su mujer ni a su hijo que había resultado un varón. La tristeza que lo embargó fué tan grande que ni siquiera todas las riquezas que obtuvo de parte de la corona, ni el hecho que lo nombraran Virrey fueron un bálsamo suficiente para apagar su encendido dolor. Desde ese momento, se convirtió en un gobernante tirano y taciturno, y de nada sirvieron todas las investigaciones que llevó a cabo para recuperar a sus seres queridos. Su crueldad fue tan notoria que se comentaba entre los habitantes del virreinato que el general había perdido su alma durante su expedición conquistadora a través de la montaña.
Pasado un tiempo el general decidió retornar a la cordillera, esta vez tan sólo acompañado por sus caballos y mulas a buscar un justo castigo.
Luego de unos meses de vagar en vano, se halló frente a una grieta en la montaña donde colgaba un puente desde un lado al otro, pero dada la niebla existente era casi imposible poder ver el otro lado, de tal forma que daba la impresión que éste se perdía en el cielo. El intrépido general desalmado, cruzó el puente a pie y éste comenzó a moverse a sus pasos. Al cabo de unos metros le era imposible visualizar ninguno de los extremos del mismo. En ese momento apareció delante de él una mantícora, animal mitológico con forma de león alado con cola de escorpión, que le dijo:
—Has perdido tu alma a causa de tu codicia. Estoy dispuesta a devolvértela si me respondes tres preguntas correctamente, y si no lo haces, te dejaré caer al vacío, y permanecerás eternamente prisionero del viento que se fuga entre las grietas de la montaña, como guardián del puente.
—Pregunta pues sin perder más tiempo. –respondió el valiente general.
—¿Cuál es la principal virtud de un hombre? –inquirió el animal.
—La lealtad a sus sentimientos. –contestó el general con rapidez.
—¿Y dime cuál es su principal defecto?
—La mentira. –respondió sin dudar un instante.
—Veo que has contestado con el corazón, –dijo la mantícora– ahora dime, para que te devuelva tu alma, ¿Cuál es el peor castigo que puede alguien recibir ?
—Es muy sencillo, –dijo el general con una mirada débil desprovista de la soberbia que lo había poseído durante años– es la imposibilidad de olvidar aquello que nos hace infelices.
La leyenda dice que el general nunca volvió a la costa, pero hay muchas otras versiones, una de ellas, afirma que finalmente halló a su familia en la montaña y que permanecieron allí para siempre.
Areíto permaneció callado un instante mirando cómo dentro de la lámpara de aceite la llama se retorcía como un animal herido. Su cara reflejada tenuemente por la luz transmitía el cansancio típico del que vive en ese clima desértico. Finalmente le pregunté:
—¿Y cuál es la versión que usted cree?
—Particularmente me inclino a pensar que la última respuesta no debió haber complacido al animal, y que el general fue castigado. Poder olvidar no siempre es suficiente para remediar un dolor. Pero cada quien tiene derecho a pensar la que crea más conveniente.
La noche era cerrada y la ginebra me produjo un sopor, así que me dormí cobijado por el calor abrasador del Zonda. Por la mañana éste se había hecho más violento de tal forma que apenas podía ver a escasos metros de donde me encontraba acostado.
Llamé a Areíto en vano varias veces pero no respondió y nunca más lo volvi a ver. Caminé inútilmente pero tampoco pude encontrar su choza. Al llegar al filo de la montaña pude divisar un extremo de un puente colgante que se estremecía con los embates del viento endemoniado.
Recordé en ese momento fragmentos de mi vida antes de decidirme a aceptar este empleo, y, no pude olvidar a la mujer a quien había prometido volver en un plazo que ya se había extinguido.
El viento cálido y rabioso me empujó hacia el puente y casi sin pensarlo comencé a transitarlo. Tuve la impresión que el mismo se perdía en el cielo ya que no podía ver más allá de mis pisadas. No recuerdo cuánto habré caminado, ni si fue consecuencia de la ginebra o de la deshidratación que tenía, pero en aquel momento, estoy seguro, sentí el batir intenso de unas alas a mis espaldas, y el rugido estremecedor del temible animal.
Al día siguiente mis compañeros me encontraron al pie de la ruta, con múltiples excoriaciones y la ropa hecha jirones. Hasta la fecha nunca he contado esta historia que recuerdo vivamente, de más está decir que nunca hallé nuevamente aquel camino lateral, la cabaña ni el puente. Pero una de las últimas cosas que averigüé antes de regresar fue el significado de la palabra Areíto, que en lengua indígena significa: prisionero del viento.